Festival de astronomía en Villa de Leyva   

Publicado en la revista Astronomía, en mayo de 2016

 

Al entrar a Colombia por el sur, la cadena montañosa de los Andes se divide en tres ramales que reciben el nombre según su posición geográfica: Cordillera Occidental, Central y Oriental. En las cumbres y en las sierras de estas tres montañas se encuentran todos los volcanes activos del país, la mayor parte de los picos nevados, los dos ríos más importantes y

 los dos tercios de sus casi cincuenta millones de habitantes. Pero también hay allí una gran variedad de climas con temperaturas que obedecen, no a estaciones, sino a la altura sobre el nivel del mar. Es una región con lluvias abundantes que son una bendición para la agricultura, pero con varios techos de nubes que constituyen un verdadero martirio para la observación del cielo. En ese escenario adverso a la astronomía, en el que unos cuantos observatorios adscritos a universidades y muchos aficionados a esa ciencia esperan con ansiedad una noche clara que les permita mirar, fotografiar y medir los astros, hay dos sitios excepcionales, con cielos despejados una buena parte del año. Uno de ellos es el desierto de la Tatacoa, en el departamento del Huila. Son casi cuatrocientos kilómetros cuadrados de paisaje marciano que paradójicamente se encuentran a orillas del río Magdalena, el más importante de Colombia. En ese paraje árido se ha construido un pequeño observatorio que es una fuente significativa de turismo para el desierto y donde anualmente los aficionados de todo el país se dan cita para celebrar un festival que es ahora un clásico de la astronomía en Colombia.

 

A pesar de las nubes, los aficionados esperan hacer alguna observación del cielo

 

La otra región semidesértica está en la cordillera oriental, en el fértil "Altiplano Cundiboyacence" en el que también se encuentra la capital, Bogotá. Se trata del Desierto de la Candelaria, un paraje con vegetación rica en cactus y 

otras plantas típicas de los climas secos y con abundancia de fósiles marinos, a pesar de que se encuentra a más de dos mil metros sobre el nivel del mar. No muy lejos del desierto está la población de Villa de Leyva que es uno de los destinos turísticos más apetecidos en todo el territorio colombiano. Fue fundada a finales del siglo XVI, en tiempos de la colonización española y todavía conserva sus calles de piedra, varias iglesias y muchas casas de hace siglos, que han logrado sobrevivir a la guerra de independencia y a los varios conflictos internos que han sucedido en el país.

Además de la arquitectura que atrae al viajero y lo transporta a tiempos lejanos, Villa de Leyva ha sabido convertirse en una ciudad turística por medio de sus festivales: el de las luces que es un espectáculo de juegos pirotécnicos para conmemorar la fiesta de la Inmaculada Concepción; el del viento y las cometas que se celebra en el mes de agosto; el Festival Internacional del Jazz, de mediados de junio; el Festival de la Astronomía que abre la temporada de fiestas en el primer trimestre del año. Como estos, Villa de Leyva tiene casi un festival cada mes, de manera que podemos decir que es un pueblo alegre y con una apretada agenda cultural.

 

 

Por la noche se forman colas interminables en los planetarios y en los telescopios

 

Uno de los festivales más exitosos es el de astronomía. Los amantes de las ciencias, quizás seducidos por la palabra "desierto" que parece implicar cielos limpios, o atraídos por la riqueza paleontológica del lugar, llegan por miles, convocados desde Bogotá por la Asociación de Astrónomos Autodidactas de Colombia que se precia de ser la más antigua del país, con cincuenta años de historia. Durante un fin de semana –este año se realizó del 12 al 14 de febrero– programan observaciones para el público con los telescopios traídos por los socios, exhibiciones en planetarios hinchables y conferencias simultáneas en varios auditorios de diferentes instituciones culturales. Pero sin lugar a dudas el más importante de los escenarios es la plaza mayor, de un tamaño descomunal para un pueblo más bien pequeño, que parece ser aún más grande porque en su suelo empedrado no hay un árbol, ni una fuente ni un monumento que la adorne. Allí se instalan los planetarios hinchables, de los que este año había cinco, tiendas y carpas para venta de productos de astronomía, además de telescopios y otros instrumentos para la observación del cielo. Desde las horas de la mañana el público acude a observar las manchas y las protuberancias solares, y a escuchar las explicaciones sobre estos fenómenos de boca de apasionados estudiosos del cielo. Ya al anochecer empiezan a formarse colas interminables para entrar a los planetarios o para observar a través de decenas de telescopios que enfocan hacia la Luna, a algún planeta visible en el momento, o a un cuerpo de cielo profundo. Las colas no se deshacen aunque el cielo esté nublado, cosa más común de lo que podría pensarse. En efecto, corre la voz entre los habitantes del pueblo que el festival de astronomía es una bendición para ellos porque les trae las lluvias en la época en la que la meteorología dice que deberían ser más escasas. ¡Cosas de las leyes de Murphy!

El festival se cierra el domingo con una visita matutina al parque arqueológico El Infiernito y con un acto protocolario, al medio día, en la plaza central del pueblo. Desde ese momento empieza en las mentes de los miembros de ASASAC la preparación del festival del año siguiente, que en el 2017 será la versión número veinte. Ellos saben que son responsables de uno de los eventos más importantes de la astronomía en Latinoamérica y, sin lugar a dudas, el que atrae más cantidad de público entre los que se hacen en Colombia.